El ultraje de lo indómito: una mirada (sin ojos) sobre Francis Bacon
- nahueltajan
- 14 jul 2020
- 7 Min. de lectura
Actualizado: 12 ago 2020

Hace unos años presencié una experiencia “shockeante” al ver mi primera exposición dedicada a Francis Bacon. Así como él mismo se autodefinía al afirmar que pintaba los shocks del instante mismo, esa otra cosa que se encuentra en presencia de la imagen de lo real. El acontecer como presagio de lo que es en el preciso instante. Acontecer que no acontece, sino que es en su esencia. La cosa llamada imagen, contenedora de todas las historias posibles, o sea, de ninguna.
Este relato trata de volcar mis sensaciones ante mi primer visionado profundo de la obra de Bacon en directo. Anteriormente había tenido oportunidades de ver cuadros aislados del artista. La primera vez ocurrió en La Fundación Proa de Buenos Aires

En aquella oportunidad no tenía mucha idea de quién era Francis Bacon más que de alguna imagen perdida en algún libro consultado en una biblioteca. No existía internet y las bibliotecas de estudios que recorría en ocasiones no eran prominentes. Fue el cuadro “Dos figuras con un mono” de 1973 de la colección Museo Rufino Tamayo. Me causó gran impresión, aquella que me causan aquellos artistas de los cuales puedes observar su caligrafía de primera mano, casi como oliendo los pomos de pintura que se exprimen directamente sobre las telas. Particularmente admiro aquellos artistas a los que “se les ve el truco” pero que aún así la causa-efecto del desarrollo es particularmente intrínseca al idioma que el artista posee en sus manos. Como saber en dónde esconde la paloma el mago pero jamás poder imitar su destreza.
La siguiente oportunidad fue en la Tate Modern of London ya habiendo atravesado buena parte de mi formación artística y conociendo muy bien sobre su obra. Bacon fue un gran descubrimiento para mi y mi pintura. Fui uno de tantos estudiantes que alguna vez intentamos pintar algo parecido con resultado horroroso como en mi caso. De alguna manera mi acercamiento a la pintura y el dibujo antes de ejercer de mis estudios fue a través de una propuesta parecida a la de Bacon. Esa forma de ver la realidad y describirla sin caer en los convencionalismos de la representación. Representar desde uno mismo, desde el artista. Eso es a lo que Bacon llamaba “tener un estilo propio”. Y al decir estilo no estamos cayendo en el convencionalismo de la palabra misma sino en algo, pienso yo, qué va más allá de la mera forma de pintar. Es una manera de hablar, de dar timbre a lo formal, es el tono de voz que cada persona tiene. Una manera de mirar, pero sobre todo de ver. Sus cuadros son un espejo. Porque al parecer, nada de lo que vemos es una cosa sino que la cosa somos nosotros.
No es de extrañar que Bacon usara en su excelsa obra la fotografía como modelo. Intentaba captar ese instante preciso en donde lo que ocurre se transforma en la síntesis perfecta del “no tiempo”. La instantánea. El realismo al que se refería residía en el tiempo detenido donde todo el acto ocurre a la vez. Una transición de dos momentos. Por eso, al no haber tiempo, es que Bacon no puede contarnos una historia, un argumento. La única manera que tenía de hacerlo era a través de la fotografía, y nunca de un modelo directamente existente ante sus ojos, porque perdería el propósito conceptual de la obra. La fotografía y la obra de Bacon operan bajo la misma dinámica.
En el museo Guggenheim de Bilbao se realizó una exposición de Bacon en el 2016 llamada “Francis Bacon: de Picasso a Velázquez”. Hice un viaje exclusivamente desde Barcelona para ver la exposición. Era la primera vez que me encontraría con una abundante obra del autor de un solo tiro. La cantidad de horas que le dediqué fue directamente proporcional a la posibilidad de soportar los calambres de mis piernas a causa del lento andar de sala en sala. La frutilla del postre fue el cuadro “Tres estudios para una Crucifixión” (Three Studies for a Crucifixion) de 1962.

En principio la carga emotiva provocada por la iconografía de los libros y de la historia cumplieron un efecto claramente hipnotizante. Lo mismo me ocurrió cuando vi el Guernica de Picasso al hacerme derramar alguna lágrima. En este caso la sensación fue algo parecida pero más perturbadora. Lo que me ocurrió es la esencia de lo que representa para mí el arte. Sentí mi cuerpo envuelto en una especie de obra teatral realista en la que había caído sin que nadie me preguntara si quería subirme al escenario. Atrapado en una situación narcótica. Una necesidad imperiosa de observar y sentir el fuego, oler la carne, activar los sentidos. Allí me quedé enganchado en el naranja que se me caía encima, en la textura del óleo hecho piedra. Un cristal insolente protegía la obra como queriendo alejar la experiencia de la masa pictórica y yo con los dedos de mis ojos pervirtiendo el cuadro. Me encontraba como un tonto que no sabe manejar el tiempo, como un padre esperando nacer a su bestia limpiando con las suelas el pasillo de la sala de espera de un hospital. A veces no alcanza con los ojos para mirar. Como diría el pequeño Diego a su padre al encontrarse con la inmensidad del mar por primera vez en el relato del “Libro de los abrazos” de Eduardo Galeano: “Ayúdame a mirar”. Lo que no alcanza con los ojos es lo que conmueve al alma, revuelve entrañas. Es cuando estamos en presencia del arte. Cuando te vas y la obra pervive en ti. Es lo más interesante, no lo es la técnica, ni el propósito, ni los años de estudios del artista. Es aquello que muy pocas personas poseen. Bacon lo poseía, y me poseyó. Aquel tríptico lo recorrí varias veces en la tarde. Hacia el final de mi visita lo dejé reposar un rato para darle una última mirada antes de dejar la sala, cosa que no quería. Hubiera aceptado acampar allí mismo durante una semana a pan y agua para sólo observar a piaccere. Deambulé como un zombie. Los sentidos volvieron a encenderse. Podía sentirlos caminar por mi cuerpo. Ya no había tema, había arte en mí. Recién ahora me doy cuenta de que no intento hablar de arte, sino de otra cosa, de esa otra cosa que trato de invocar hace rato y que no se explica. Precisamente porque no se explica es que la quiero explicar, para poseerla y que no se escape. Desde aquel día lo quise explicar y nunca terminé de convencerme por su misma intrínseca caducidad explicativa. Aún así creo que escribir al respecto es sacar la foto de aquello. Y cuando digo foto lo digo en un sentido trascendental de inmortalización y no de muerte instantánea como el valor popular que se le da a la imagen del mass media. Hablo de Aquella foto en donde tu abuela aún te cocina la pasta del domingo y que huele a tuco.
Me poseía una especie de mantra, la luz nerviosa del naranja y la inquieta carne colgando con aquellas figuras que me miraban como diciendo “usted no vio nada, váyase”. De a poco los pasos de mis piernas se activaron involuntariamente y caminaron, primero hacia adelante, más bien en diagonales cortas, luego a lo cangrejo, de a poco hacia atrás con esporádicos giros de mi cintura que intentaban volver. Mi cuerpo se enredó y no sabía bien hacia dónde dirigirse. Sabía que era el momento de dejarlo, y me precipité a dar vuelta por completo mi cuerpo para encarar hacia la puerta de salida. Pero un terrible escalofrío que me escarchaba la piel empezó a producirme un revoloteo en mis venas similar al desvanecimiento previo al orgasmo. El cuadro me poseía de alguna manera, ya no podía dejarlo. Volví la mirada varias veces mientras seguía girando en círculos sobre mi propio eje sin dejar de caminar hacia la salida. Me daba timidez darle la espalda, pero a la vez me gustaba esa sensación de desnudez que sentía cuando dejaba de mirarlo. Mis vértebras vibraban para quitarse la electricidad que estaba a punto de colapsarme en un shock pero a la vez me encantaba la sensación de flojera. Gozar que mis piernas no puedan soportar mi peso. Entonces comprendí que no podía dejar de mirarlo incluso cuando mis ojos apuntaban en otra dirección. Como haber visto el sol dos segundos hasta quedar la vista manchada. Encandilar sería la palabra justa, pero no se cómo se denomina tal imprimación sobre el resto de todo mi ser. La omnipresencia era tangible. La parte del mundo que representa el cuadro fue un todo. Fue parte y como parte lo es todo, porque todas mis partes soy yo. Ese cuadro es parte de mi ahora. Mirar sin mirar.
Comprendí días después la influencia cognitiva que el arte genera en nuestras vidas. Mirar sin ver es la mejor manera de explicar el arte que conmueve, arte con mayúsculas. El arte hace prisionera a la mirada no de una forma definitiva sino para catapultarla hacia un crisol de posibilidades. La posee mientras crea los escenarios para que se libere de la propia opresión receptiva y logre ver aquello que no está presente en la imagen. Pude mirar sin mirar. Eso es el arte. La imagen que naufraga en la mirada mientras vivimos en un mundo que se ahoga en otras imágenes simples y berretas de la que somos testigos obligados; un vómito inconexo de píxeles vacíos que no hacen otra cosa que reiterar la inmediatez de la vida de consumo. Vivimos en el mundo de aquello que se mira para dejar de mirarse, mientras que el arte intenta crear un mirar en el no mirar. La imagen percibida y hecha fuego versus la imagen que se nos escapa por la propia dinámica del descarte existencial. La existencia molesta por lo que se corre más rápido que ella. No dejar de mirar dejando de mirar versus dejar de mirar al mirar. Allí está la raíz de lo que para mi diferencia al arte de todo lo demás.
El libro de los abrazos, Eduardo Galeano, editorial Catálogos
El olor a sangre humana no se me quita de los ojos Dir. David Hinton (1985)
Franck Maubert
Imágenes de archivo: Fundación Proa, Buenos Aires / Museo Guggenheim Bilbao
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